"Estamos utilizando esta asombrosa tecnología de motores iónicos para llegar a orbitar y explorar Vesta y Ceres, dos de los objetos más misteriosos del cinturón de asteroides", asegura Robert Mase, director del proyecto Dawn en el Jet Propulsion Laboratory, en Pasadena.
Motores iónicos
espaciales duran años, y por el camino no hay forma de repostar, el combustible de a bordo se utiliza con cuentagotas, normalmente para pequeñas maniobras de corrección y para la aproximación al objetivo final.
A diferencia de la inmensa mayoría de las sondas espaciales, que se lanzan en trayectorias fijas hacia puntos concretos, como piedras tiradas con una honda y que no pueden cambiar de dirección, las naves equipadas con motores de iones son capaces de modificar, por sus propios medios, sus trayectorias en pleno vuelo. Y eso es posible porque consumen muy poca cantidad de combustible.
Al final del duodécimo día, la nave había incrementado su velocidad hasta más de 290 km/hora. Después de un año de secuencias de encendido, el sistema de propulsores iónicos ya había llevado a la Dawn hasta una velocidad de 8.850 km/hora. Y con un consumo total de apenas 60 litros de combustible.
165 litros de combustible
Pero ese no es el caso de naves con motores de iones. Una vez liberada de su cohete portador, la Dawn prendió sus propios propulsores, de forma secuencial y a ráfagas, y empezó a acelerar. Muy lentamente al principio (como se ha dicho, tardó cuatro días en pasar de 0 a 97 km/h), pero de forma progresiva y constante, aumentando paulatinamente su velocidad.
Los motores iónicos se han ido encendiendo y apagando en cientos de secuencias concretas y previamente calculadas por los técnicos de la misión. En total, han funcionado hasta ahora durante un periodo de 620 días (durante los que sólo ha consumido 165 litros de combustible), algo impensable para naves convencionales.



